Peleas entre hermanos

“Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera” (…) Estos versos de Martín Fierro… ¿son siempre aplicables a la realidad?

 

No nos vamos a engañar, los hermanos se pelean entre ellos más de lo que lo hacen con sus amigos. Estas pugnas, aunque a los padres no nos gusten, son parte del aprendizaje.  Te contamos el porqué.

La familia… el primer laboratorio social.

En toda familia donde haya niños, habrá risas, corridas, gritos, llantos pero también, peleas entre hermanos. Son inevitables y por ello normales, principalmente durante la infancia.

El grupo de hermanos es conocido como el primer laboratorio social donde los niños aprenden a cooperar, compartir, expresar emociones, negociar, competir,  entre otras conductas.  Estos aprendizajes se evidencian  cuando llega el momento de compartir con otros niños fuera de la familia, como es por ejemplo cuando asisten a la escuela o a fiestitas de cumpleaños. De este modo, tienden a comportarse como lo hacen con sus hermanos y en general,  les es más fácil socializar.

 

Causas de las disputas

Los disparadores para las riñas entre hermanos son muy variados: desde un juguete, una porción de comida, lugares en el auto o la mesa, el televisor, como también es un motivo, que, aunque menos obvio para ellos, es muy frecuente e importante: los celos. Los niños fácilmente pelean por el amor y atención de sus padres, aunque difícilmente verbalicen estas razones. Buscan “conquistar más terreno y privilegios” por lo que suelen ver con poco agrado el que le compren algo, compartan tiempo o elogien a un hermano.  En efecto,  muchas rabietas y peleas son para llamar la atención y buscar el apoyo de los padres, intentando que tomen partido por ellos. Este comportamiento, e inclusive otros peores, son muy frecuentes ante la aparición de un hermanito recién nacido que viene a “robarse” el amor y atención que le daban a él.

Cómo actuar ante situaciones de conflicto:

Es muy importante la actitud que toman los padres ante la pelea de los hermanos. Ya sea cuando es por celos o porque luchan por algo que quieren, deben saber que no es bueno ponerse de parte exclusiva de ninguno de ellos.

La intervención debe tener las mismas características que la puesta de cualquier otro límite: claridad, firmeza y paciencia. La mediación debe estar dirigida a resolver el problema,  desaprobando y reprendiendo en ambos la pelea, para luego sí pasar a trabajar sobre un criterio para compartir, en el que se les enseñe a respetar tiempos y turnos, porciones, lugares, gustos y necesidades de cada uno. Hay que pedirles que se escuchen y se pongan en el lugar del otro, es un ejercicio que los aleja de sus caprichos desarrollando la empatía. Connotar positivamente, mediante felicitaciones y manifestaciones de afecto, las reconciliaciones, empatía, honestidad y el valor de la hermandad y amistad. Esto ayudará a que hagan de estas habilidades un hábito del que se enorgullecerán. Pero para que esto suceda, alguien debe reconocer y valorarles el esfuerzo. Cuando sea necesario, entablar una conversación sincera y frontal respecto de los celos les permitirá que vean, acepten y comprendan las razones de muchas de sus reyertas, recordándoles que el amor de los padres es igual de infinito para ambos.

Por otro lado, es bueno saber que establecer comparaciones no ayuda, ya que se corre el riesgo de proteger al más “indefenso”, pequeño o afectado, generando una dependencia, desprotegiéndolo aún más a futuro, pues carece de oportunidades de desarrollar los recursos para resolver sus conflictos de manera autónoma. Además en este caso, el más “grande” o el que se muestre menos afectado, puede sentirse muy solo e incomprendido ante un veredicto que se basa en las diferencias entre ellos.

 

“Haz lo que yo digo…” Atención: nuestro reflejo es el ejemplo.

Otro aspecto muy importante es la relación de pareja de sus padres y el modo en que resuelven sus problemas y diferencias, ya que los niños aprenden por imitación, tendiendo a repetir los comportamientos de sus padres. Además, cuidar estos aspectos de la pareja transmite seguridad y coherencia al niño, explicándole lo mismo que se le muestra,  en lugar de un doble mensaje que pregona lo opuesto a lo que se hace con el ejemplo. También en este sentido, las intervenciones de los padres deben carecer de agresión, conservando la firmeza, la claridad y la paciencia.

Muchos juegos asumen las formas de luchas de gladiadores y hasta de boxeadores, en la que fácilmente pueden subir el tono de las agresiones y hacerse daño, por lo que los adultos deben tener un ojo puesto en estas prácticas, marcando los límites entre lo sano y entretenido y lo agresivo. Asimismo, deben vigilar los programas de televisión  y películas que ven, ya que estos son otra fuente de la que los niños aprenden conductas.

El secreto es que las peleas son una de lo de las tantas formas de intentar resolver problemas, donde los niños descargan las tensiones y enfatizan un mensaje. Por lo cual centrarse en que el problema tiene muchas otras soluciones mucho mejores, les ayuda a ver un abanico de opciones más variado. Es adecuado que padres y docentes aprovechen y valoren las disputas como el escenario que brinda la oportunidad de que aprendan a ceder y compartir, expresar sus puntos de vista, necesidades y emociones. Estas son habilidades que, en general, se aprenden y practican in situ, al igual que a nadar se aprende nadando.

 

Lucas J. J. Malaisi