El poder curador de la palabra

Un niño que escuche de su entorno adjetivos positivos hacia su persona, tenderá a valorarse y a tener una autoestima saludable. Contrariamente, aquel que reciba mensajes negativos abrigará una identidad empequeñecida y vulnerable.
Como ya todos sabemos, estos no son tiempos fáciles para los padres, pero tampoco lo son para los hijos. Los modelos con los que fuimos educados los adultos, no parecen tener la misma aplicabilidad con los niños de hoy. Sin ahondar en los profundos cambios que experimentó la familia en el último veinteno, podemos mencionar como consecuencia de una realidad económica, el que ambos padres deban trabajar, y duro, lo que trae aparejado menos tiempo para dedicar a sus hijos, quienes quedan solos o al cuidado de un ajeno a la familia, o encerrados en las casas entre la pantalla de TV y de la compu, pues, en la mayoría de los casos, ya no es seguro que jueguen en la calle al futbol o al elástico.

Asimismo, la educación formal se vio lesionada en sus funciones socializadoras y formativas. A esto, hoy se le suma un tercer y muy envilecido germen como son los medios masivos de comunicación. Éste, enceguecido por el lucro, inocula hipocondría en padres y madres, genera necesidades de consumo, modifica hábitos y cubre casi hasta el último ser humano con un manto de exigencias inalcanzables, pues siempre hay algo mejor o más nuevo que comprar… En este contexto que no da respiro a padres ni madres, dejándolos agotados por mantenerse a flote, pareciera ser que el niño que buscamos es aquel que no traiga problemas, que no haga berrinches y que obedezca. Sin embargo, estoy seguro, este no es el deseo más profundo de los padres, ni aún el de los más estresados y cansados. Más bien diría, desean que sus hijos sean felices y saludables, seguros de sí mismos, considerados, respetuosos de la propia vida y la ajena, entre otras cualidades. Para ello pongo a consideración algunos puntos cruciales de la Educación Emocional de los hijos.

El comer, el beber e ir al baño son necesidades del orden físico, que todos tenemos. De igual modo, tenemos necesidades emocionales. Todos en diferentes medidas necesitamos sentirnos amados, respetados, incluidos, escuchados, considerados, desafiados (en el buen sentido), perdonados, felicitados, valorados, etc. La autoestima que todo niño necesita no puede comprarse en los supermercados, sino que se cultiva satisfaciendo dichas necesidades desde bebés. Durante la infancia, todas aquellas aseveraciones constantes acerca de su persona, se grabarán a fuerza de fuego en el niño, pasando a formar parte de su identidad. Aquella criatura que escuche de su entorno adjetivos positivos hacia su persona, tenderá a valorarse y tener una autoestima saludable. Pero aquel que reciba mensajes negativos abrigará una identidad empequeñecida y vulnerable. Su raciocinio inmaduro, por su condición de niño, no tiene los recursos para objetar y cuestionar la veracidad de las descalificaciones, y mucho menos, si provienen de sus seres más significativos, pasando directamente a ser adjetivos constitutivos de su ser, que más tarde eventualmente buscará cumplir auto-proféticamente.

Todos hemos escuchado decir a algún adulto: “Ignórenlo, sólo está tratando de llamar la atención”. Esto sería como decir: “No lo abriguen, sólo tiene frío. No lo alimenten, sólo está hambriento”.

Todos necesitamos atención y afecto. Amplísimos estudios denotan fuertes perjuicios y hasta la muerte por falta de amor. Sin embargo, hay algo de cierto en este mensaje. Si a un niño sólo lo miramos y nombramos para retarlo por algo malo que hizo, de seguro seguirá haciéndolo para recibir la atención que necesita y así satisfacer su necesidad emocional. Pero si le prestamos atención desde sus recursos y habilidades, lo felicitamos, valoramos y miramos sus aspectos positivos, él procurará relacionarse con su entorno desde sus aspectos positivos. Pero, en esta entrega de amor no debemos caer en el otro extremo. La sobreprotección es igualmente perniciosa, sólo que sus consecuencias se evidencian más tarde en la vida. No se trata de evitarle las frustraciones al niño, sino de acompañarlo cuando las tenga. Saber que las frustraciones son propias de la vida y que -acorde a la edad- deben ser experimentadas. Es esta la oportunidad en la que el niño aprende a manejar el estrés, enojo, tristeza, etc. De hecho, el estrés cuando no es constante y en bajas dosis, es positivo. Asimismo, si satisfacemos todos los deseos de la criatura en forma inmediata, éste no tendrá la oportunidad de vivenciar el deseo, traduciéndose en el futuro en una persona sin tolerancia a la frustración y hasta con abulia crónica. Frecuentemente esta actitud sobreprotectora es consecuencia de sentimientos de culpa -por no compartir tiempo con los hijos-, intentos auto-reparatorios –“que a mi hijo no le falte lo que a mí me faltó”-, el no poder tolerar el dolor propio del crecimiento en el niño y/o deseos de comodidad de los padres -que negocian cualquier cosa, con tal de que cese el berrinche-.
Por otro lado, para acompañarlo y enseñarle más y mejores recursos con los cuales pueda resolver los problemas propios de la vida, propongo le enseñemos a simbolizar sus emociones. Se trata de proveerle un vocabulario de emociones, para que pueda expresarlas. En este punto es vital la empatía de los padres para decodificar qué siente el niño y así enseñarle cuando está enojado, triste, alegre, celoso, frustrado, atemorizado, confundido, etc. Diciéndole por ejemplo “lo que sentís es enojo”. Hablándole de las emociones, le enseñamos que es normal sentir vergüenza, enojo, miedo, etc. Así sabrá identificar las causas, los signos y sensaciones de cada una de ellas y principalmente, podrá nombrarlas.

Preguntándole “¿Qué sentís?”, generamos el hábito en el niño de poner en palabras lo que siente, evitando que lleve sus impulsos a la acción o que exponga su cuerpo como canal de expresión somatizando sus afectos. Este es el famoso “poder curador de la palabra”, que permite que saquemos lo que sentimos en palabras.
Por último, un tema crucial de la Educación Emocional es la puesta de límites. Los límites crean realidad en el niño, determinan el territorio de aquellas acciones permitidas y las que no, crean valores y generan una sensación de seguridad y tranquilidad en el niño. Pero para ello, la clave es la claridad, firmeza y paciencia. Cuando existe un acuerdo manifiesto y profunda claridad por parte de los padres en aquello que está permitido y lo que no, esto es transmitido por ambos sin problemas al niño, quien lo recibe sin mensajes confusos o dobles. Pero si en lugar de ello, existen dudas o desacuerdos constantes entre éstos, o un miedo a perder el amor del niño, este prontamente aprenderá a tomar ventaja de ello.

La claridad del límite se manifiesta en la vehemencia del tono de voz, una mirada, un gesto, siendo esto más que suficiente, haciendo innecesario el grito o el golpe. Por otro lado, la paciencia es imprescindible para que el niño, a medida que descubre el mundo, pueda aprender lo que sus padres con amor le enseñan.

Lic. Lucas Malaisi
Psicólogo
Autor del libro
“Cómo ayudar a los niños.
Educación Emocional”