Educación emocional la educación del siglo XXI

En estos días estamos viviendo cambios sociales y culturales que requieren de una preparación en los niños que excede la practicada hasta el momento, que permita que puedan afrontar situaciones sociales que no tienen precedentes.

 

No es raro hoy en día escuchar noticias o saber de menores que toman drogas, alcohol, roban, no respetan las normas, son agresivos, no se responsabilizan por sus tareas escolares, no respetan a los mayores, permanecen la mayor parte del día en un cyber, etc.

 

Desgraciadamente cada vez más niños no reciben en la vida familiar un apoyo seguro para transitar por la vida debido a la soledad en la que transcurre la infancia de muchos niños, en parte esto ocasionado por la situación económica que a menudo obliga a ambos padres a salir a trabajar; también el embarazo no deseado de madres y padres adolescentes que no se responsabilizan de sus hijos, la violencia intrafamiliar, por mencionar algunas causas.  Por ello la escuela del siglo XXI  pasa a ser un lugar crucial en la búsqueda y encuentro de correctivos de las deficiencias de los niños en sus aptitudes sociales y emocionales.

 

Si bien, la escuela jamás suplantará la función de la familia, si la complementará, ya que desde el momento en que prácticamente todos los niños concurren a ella, ofrece un espacio donde puedan brindarse lecciones de vida, llegando a todos los niños, transmitiendo herramientas vitales para afrontar situaciones difíciles de la vida, herramientas que sabemos necesitarán y por tanto utilizarán.

 

Hoy por hoy las circunstancias cambian rápidamente, los valores, las modas, las costumbres, la economía, etc. Tenemos internet, drogas, pornografía, más permisos, sexualidad prematura, culto de la imagen, consumismo, alcohol y demás tentaciones al alcance de todos los jóvenes que no existían en tal medida hace diez años. Por tanto, estos cambios requieren de nuestros cambios en el sistema educativo para pre-parar al niño para un mundo totalmente distinto de aquel para el cuál fuimos preparados los adultos. No puede concebirse que la educación pretenda continuar igual, prescindiendo de una Educación Emocional de los niños, cuando el mundo cambió y cambia constantemente. El negar, desde su omisión, la Educación Emocional en el aula y sobredimensionar la disciplina, tal como se hizo y hace en la educación tradicional, constituyen acciones erróneas, que posiblemente sirvan de explicación del nocivo y creciente fenómeno social que padecemos.

 

La inteligencia académica no ofrece prácticamente ninguna preparación para los trastornos o las oportunidades que tiene la vida. Sin embargo, aunque un coeficiente intelectual elevado no es garantía de prosperidad, prestigio, ni felicidad en la vida; nuestras escuelas y nuestra cultura, se concentraba en las habilidades académicas ignorando la Inteligencia Emocional y Social.

 

En otras palabras: siempre se enseñó el mundo en sus diferentes aspectos (geográfico, histórico, simbólico, etc.) en tanto aquello que existe de la piel del niño hacia afuera; pero nunca en la educación básica se instruyó al niño para conocer y descubrir aquello que existe de su piel hacia adentro: sus emociones, necesidades y pensamientos. Dicha educación lo llevará a descubrir su vocación, sus gustos, sus habilidades, sus intereses, la persona que es y quién quiere ser, en fin, auto-descubrirse.

 

Lograremos, de este modo, cultivar la autoestima, base de la confianza en sí mismo y escudo protector que lo ayudará a reaccionar adecuadamente ante los desaciertos, las pérdidas, la vergüenza; inmunizándolo ante tentaciones que le permitan desestimar invitaciones a consumir drogas, alcohol o embarcarse en riñas o comportamientos riesgosos.

 

Podrá manejar sentimientos dolorosos como la tristeza, la furia, el miedo, ganando una seguridad interior que le ayudará a enfrentarse al mundo en que vive, conquistando una mayor autonomía (libertad) sobre su vida, estableciendo lazos afectivos auténticos con sus pares y tutores.

 

Hablar con los niños sobre sentimientos les enseña que es normal sentirse enfadado o triste y también tener miedo. Cuando el niño puede identificar sus sentimientos, puede resolver sus problemas y elegir mejor. Igualmente, tolera mejor las frustraciones propias de la vida y se vuelve más libre para disfrutarla en una existencia plena, asumiendo compromisos y abnegando placeres efímeros y vacuos, que hoy abundan, en pos del cumplimiento de su proyecto personal.  La buena noticia es que la vida emocional es un ámbito que, al igual que las matemáticas y la lectura, es aprendido y por tanto, puede enseñarse.

 

El Coeficiente Emocional puede incrementarse mediante la educación y práctica desde las familias y escuelas.

 

Es muy importante educar las emociones de los niños cuando niños, pues en la adolescencia, se ponen a prueba todas las habilidades, hábitos y fortalezas que adquirieron durante la infancia. Numerosos estudios demuestran que los niños con capacidades en el campo de la Inteligencia Emocional son más felices, más confiados y tienen más éxito en la escuela. No menos importante es el hecho de que estas capacidades se convierten en la base para que se vuelvan adultos responsables, atentos, seguros de sí mismos y productivos. De hecho, actuales descubrimientos corroboran que el 80% del éxito está basado en las habilidades emocionales. Esto es así, pues aquel niño que puede hablar de sus sentimientos, tiene a su disposición recursos expresivos y no necesita recurrir a comportamientos sintomáticos para hacer catarsis. Este es el conocido “poder curador de la palabra”, donde la persona al tener recursos simbólicos para decir lo que le sucede, evita exponer su cuerpo como vehículo de la emoción (evitando afecciones psicosomáticas como úlceras, asma, cutáneas, cáncer, obesidad, etc.), como también se hace innecesario la impulsividad (acting out),  o el matoneo (bulling) para llamar la atención, ya que puede expresar su necesidad de afecto; pudiendo disponer de toda su energía para la consecución de sus objetivos, para aprender y lo más simple e importante: jugar y reír.

 

En fin, la balanza de la educación debe ahora equilibrarse a favor del descubrimiento del propio mundo, aquel que existe de la piel hacia adentro.

 

 

Lucas J. J. Malaisi